QUIEN SOY

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Psicóloga General Sanitaria, Nº. col. CL-4039; ●Psicoterapeuta con Maestria en Hipnosis Ericksoniana del Instituto Erickson de México ●Experta en tratamiento de Trauma con E.M.D.R ●Coaching por la Universidad Camilo José Cela ●Diplomada en técnicas de relajación y desarrollo personal ●Monitora de hatha-yoga ●Diploma acreditativo por la UNED en tratamiento psicológico Inteligencia emocional ●Diplomada en manejo de emociones por la UNED ●Formación en psicoterapia y manejo de grupos por la Asociación Española de Psicodrama ●Diplomada en talleres y técnicas de crecimiento personal por la UNED ●Constelaciones Familiares ●Monitora de Risoterapia ●Autora del Método Meditare Corporal® ● Directora del CENTRO MEDITARE. Psicoterapia y Salud CENTRO SANITARIO AUTORIZADO Nº REGISTRO 05-C22-0126

LA HISTORIA DE LAS PIEDRAS QUE TE HACEN SONREIR.

El miércoles pasado en la meditación semanal, una compañera del grupo nos quiso hacer un regalo a todos los asistentes. Así que, después del ejercicio de meditación guiada (crear una buena imagen de ti mismo/a), me pidió que leyera el siguiente cuento en voz alta:


"Erase una vez un pueblecito encantador en el que vivían hace mucho, mucho tiempo, muchos hombrecitos alegres. Cuando se encontraban, o cuando querían darse una alegría uno al otro, se regalaban una piedrecita sonriente.

El hombrecito que recibía la piedrecita se alegraba (porque la piedrecita le sonreía) , era feliz y sabia que el otro le quería. Así seguía siendo.
Todos los hombrecitos regalaban una piedrecita sonriente al otro, y el otro siempre les regalaba una piedrecita sonriente. Y las preciosas piedrecitas de la alegría nunca se agotaban.

Pero cerca de los hombrecitos alegres vivía un duende huraño, un verdadero cascarrabias, un envidioso. No podía entender la alegría  la amabilidad y la cooperación amable de los hombrecitos, y envidiaba su despreocupación.
Un día, mientras un hombrecito paseaba por el bosque, encontró al duende y le dio directamente un piedra sonriente para alegrarle, pero el duende, huraño, no aceptó la piedra, y le susurró al oído: "continua regalando tus piedras a todo el mundo, y veras que en poco tiempo no tendrás ninguna para ti."
Eso no es verdad, porque si yo doy algo, siempre recibo algo de vuelta, dudo el hombrecito.

Empezó a no dar piedrecitas, y a guardar las que le daban, hasta que, un día, todos los hombrecitos pusieron sus piedrecitas sonrientes en bolsas y las guardaron bien.
Poco tiempo después, cada uno caminaba por las cales sin ver o mirar al otro. La risa desapareció y sólo se preocupaban de tener más y más bienes. 
Este pueblo, antaño alegre y amable, ahora se transformo en malhumorado, reservado y triste.

Pasaron muchas décadas, los hombres vivían muy deprisa y seguían viviendo sus vidas tristres, malhumorados y sin sonrisas...
No miraban ni a la derecha, ni a la izquierda, la nueva filosofía era "piensa en ti y habrás hecho una buena obra". 
Pero en algún sitio desconocido todavía dormía la historia de los hombrecitos alegres con las piedras sonrientes.
Un viejo "tonto" decia haberla recibido de su padre, éste de su padre, y él contó "el cuento de los buenos antepasados" a su nieto.
Este muy ensimismado, se puso a trabajar. Siempre cuando se paseaba, buscaba piedras y las pintaba con rostros sonrientes.
Después, regalaba estas piedras sonrientes a sus amigos.
Al principio, se reían de él y pensaban que era un loco simpático e inocente.
Pero a otros les gustaba la idea. Los rostros sonrientes les hacian alegres, solo tocando las piedrecitas en su bolsillo.

Y así el número aumentó. El número de personas que regalando piedras sonrientes, regalaban y recibían de nuevo alegría y amor.

Terminado de leer el cuento, Carmen J. nuestra compañera del grupo de meditación nos regaló a cada uno de nosotros, (¡¡¡cerca de 20 personas que nos reunimos todos los miércoles!!!), una preciosa piedrecita sonriente, buscada y pintada personalmente por ella misma. "con mis mejores deseos, para que no os olvidéis nunca de ser felices y sonreir" nos dijo. 
¡¡¡Nos quedamos todos sin palabras!!! imaginando a Carmen J. estas navidades, buscando todas esas lindas piedrecitas, pensando en cada uno de nosotros y pintándolas después una por una. 
Eso si, quedamos todos muy sonrientes con nuestra piedrecita sonriente. 

Yo quería compartir esto con todos vosotros, además de agradecer de esta manera a Carmen J. su generosidad. Por mi parte diré que funciona, cada vez que miro o toco a mi piedrecita sonriente, se me alegra el alma, ¡¡Claro que no podía ser de otro modo!!, pues está llena de amor y cariño. 

Gracias Carmen J. Eres un tesoro.   :)

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